Este título viene a colación considerando que a partir de este lunes se inicia para el mundo cristiano la Semana Santa, por tanto, volveremos a escuchar que, de acuerdo a la historia, Israel es el pueblo de Dios. Y la pregunta que debemos hacernos es, si Israel es el pueblo de Dios, ¿cómo este pueblo lo entregó para que lo asesinen?
Han pasado muchas generaciones convencidas de que Jesús fue condenado y asesinado por los romanos a pedido de los judíos, quienes se negaban a reconocer la divinidad de Cristo. Con el paso de los años sorpresivamente y con la venia de la Iglesia poco a poco se ha buscado exculparlos, pasándole la culpa a Roma que en efecto lo ejecutó. Fue Juan XXIII en 1959 y luego Pablo VI, quienes mandaron a quitar, de la oración original, la expresión de “pérfidos judíos” y la de “obcecación de aquel pueblo” que se invocaba en los viernes santos. La oración tuvo una transformación total y en sentido positivo para Israel y en ella se rezaba para los judíos: “a quienes el Señor eligió los primeros entre todos los hombres para recibir su palabra” (1)
Es evidente que para tomar esta decisión primó el deseo de cerrar heridas y/o unificar algunos criterios de unidad entre judaísmo y cristianismo. Podemos entender que 21 siglos después del crimen, el pueblo no puede cargar con una maldición que sus antepasados hicieron. Sin embargo, también es una verdad que el judaísmo nunca reconocerá a Cristo como un ser divino y si se repitiera la historia lo considerarían un radical blasfemo.
Por otro lado, si la Iglesia nos enseña que la biblia es la palabra de Dios, entonces debemos recordar que son justamente los evangelistas Mateo, Juan, Lucas y Pedro -la cabeza de la iglesia- quienes señalaron directamente a los poderosos de Israel: sacerdotes, escribas, y los ancianos liderados por Caifás como los responsables de la sentencia a muerte de Jesús ya que fueron ellos los que lo entregaron y acusaron a la justicia del imperio romano.
Cristo no fue reconocido como el Mesías, como lo hemos dicho líneas arriba. Él era un gran problema para el estatus social del imperio y para los poderosos que lo veían como un desestabilizador del orden y sus creencias religiosas, un radical -hoy lo llamarían un radical terrorista- cuyo mayor delito era congregar masas para trasmitirles un mensaje de paz, amor y justicia para los desheredados no solo de Israel sino del mundo. Cristo en sus parábolas condena a los ricos por su indiferencia a su prójimo sufriente.
Y, ¿por qué, Cristo en sus parábolas condenaba a los ricos? Respuesta muy simple: por el maltrato, explotación e indiferencia a su prójimo sufriente.
No se puede ocultar, que, en el libro sagrado, se describen pasajes de provocación e intentos de matar a Jesús por parte de Caifás y sus compinches.
El evangelista Lucas (23:21) suma como cómplice de este atroz y cruel asesinato al pueblo de Israel que gritaban “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!”
Anás -el primero de una dinastía sacerdotal- suegro de Caifás, era el que manejaba la economía del culto en el templo y cuando Jesús expulsó a los mercaderes del templo había alimentado el odio de este a Él pues ponía en peligro los ingresos económicos de sus empresas.
Después de la muerte de Jesús, y el sacrificio de los primigenios cristianos, los sucesivos jefes de la iglesia fueron desfigurando y tergiversando el mensaje de Cristo. El ejemplo más claro lo tenemos, en las bienaventuranzas, en ellas, mientras que Cristo alienta con su apoyo divino a superar el sufrimiento por el hambre de pan y justicia en pos de la dicha y felicidad, sus representantes tergiversan el mensaje para hacerlos sumisos al injusto sufrimiento, proclamando que Dios los premiará en el paraíso. En resumen, que se sometan a los monarcas y los grandes comerciantes de la época, aceptando el hambre, la injusticia y por supuesto la explotación.
Con pan y pescado, Cristo saciaba el hambre de quienes lo escuchaban. Con firmeza condenaba las injusticias. Salvó la vida de María Magdalena a quien pretendían apedrear.
Han pasado 20 siglos y el número de cristianos llegan a alrededor de 2,400 millones de personas en todo el mundo incluyendo Rusia, China, Cuba. Por tanto, hoy en día podemos afirmar que el pueblo de Cristo no es un país en particular, es el mundo total. Para decirlo en términos modernos: Cristo vive en nosotros y es un ciudadano universal cuyo mensaje sencillo y sabio lo resalta muy bien el evangelista Lucas 4-18 con las siguientes palabras: “El espíritu del señor está sobre mi, por cuanto me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres, me ha enviado para predicar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para proclamar el año de gracia del Señor”
(1) Juan Arias. Aún no sabemos quienes ni porque mataron a Jesús. 02/Abril/2015



