A raíz del encuentro entre el arzobispo Pedro Ricardo Barreto y el presidente Pedro Castillo -ambos Pedro- se ha desatado una polémica errada entre dos posiciones cada vez más irreconciliables. Esto puede comprenderse desde el ámbito de identidades ideológicas, pero cuando está en juego el destino del país ambas posiciones extremas son desacertadas.
En principio, si bien hay cuestionamientos válidos a la iglesia católica por temas moralmente cuestionables, hartamente difundidos, por ejemplo, sobre sacerdotes pederastas y la complicidad del Vaticano con su silencio; o la corrupción en el manejo del banco del vaticano y otros, pero esto no puede generalizarse ni manchar a todos los sacerdotes ni a la iglesia. Las responsabilidades son personales y el castigo debe ser así.
Pretender que la iglesia se mantenga al margen de los problemas del país es un error de ambas tendencias. La iglesia a lo largo de la historia ha tenido una participación invalorable en momentos cruciales para la humanidad.
Los seres humanos somos únicos e irrepetibles, somos pensantes y los sacerdotes son seres humanos, no dioses, tienen sus matices y existen para todos los gustos.
Desde la época de la conquista podemos diferenciar esa complejidad: no se puede negar la diferencia entre Hernando de Luque, sacerdote español, quien financió con 30 mil pesos la campaña de la conquista, luego pasó a ser cómplice del asesinato de Atahualpa y tener cerca de 70 indios esclavos con Bartolomé de las Casas, también sacerdote español y obispo dominico, quien se volvió un converso, dio libertad a sus esclavos, asumió la defensa de los derechos del indio a su cultura, a su tierra, a ser libres, dignos y tuvo la valentía de denunciar los crímenes y abusos de los conquistadores.
Es muy conocida la llamada Controversia de Valladolid entre Bartolomé de las Casas que propugna la libertad del indio y el sacerdote católico español, Juan Gines de Sepúlveda quien estaba a favor de una guerra justa contra los indios por sus pecados e idolatría. Con Bartolomé de las Casas se inicia el respeto de los Derechos Humanos.
Como olvidar al cura Miguel Hidalgo y Costilla y su papel en la lucha por la independencia a diferencia del cura arequipeño, obispo del Cuzco, Juan Manuel Moscoso y Peralta quien siendo consejero de Túpac Amaru y sabiendo que el rebelde era absolutamente católico lo excomulgó y además arengó a la población a movilizarse a favor de los realistas.
El historiador Fernando Asín desarrolla un interesante ensayo sobre el clero y la independencia del Perú entre los años 1820 -1826 que vale la pena leer:
“Durante la independencia la mayoría de los clérigos apoyaban la monarquía, encontramos entre ellos al obispo arequipeño Luis Gonzaga de la Encina natural de Canarias, quien exhortó a los párrocos a no dar opiniones políticas ni incitar a la rebelión. Hizo una pastoral contra los curas revolucionarios y frente al ambiente patriota”
En la década del 60 para adelante del siglo XX la diferenciación entre el clero fue mayor. La confrontación era entre quedarse en lo antiguo encerrados en el convento o en la parroquia o, mezclarse como lo hizo Cristo con su pueblo para escucharlo, sentirlo y fortalecer su fe.
Helder Cámara, arzobispo auxiliar de Rio de Janeiro, símbolo de la teología de la liberación, fue el gran impulsor de la lucha contra la pobreza, urbanizó, humanizó y cristianizó las favelas. Juan Landázuri Ricketts, Gustavo Gutiérrez, Ernesto Cardenal, Luis Bambarén, Arnulfo Romero, Raúl Silva Henríquez -cardenal chileno-, Papa Juan XXIII y Francisco representan los sectores del cristianismo progresistas que retoman la humanidad de Cristo.
En la otra orilla, Juan Luis Cipriani -Lima-, Juan Antonio Eguren -Piura- Raymond Burke – estadounidense- Giovanni Benelli -Estado del Vaticano- Jorge Arturo Agustín Medina Estévez -cardenal chileno que apoyó sin reservas la dictadura de Pinochet- Pio Laghi -nuncio apostólico – Raúl Primatesta, Juan Carlos Aramburu, Vicente Zaspe -obispos argentinos que ayudaron a dictador Vilela- el Papa Benedicto XVI son sin duda representantes de un sector ultraconservador de la iglesia.
Ninguno de ellos pertenecía, ni pertenece a partido político alguno sea de izquierda o derecha, pero han tenido y tienen capacidad para influenciar en la conciencia de la feligresía a favor de su mirada católica en la interpretación del mensaje apostólico.
Todo este largo escrito es para demostrar que a través de la historia la iglesia católica -al igual que otras religiones- o sus representantes siempre han intervenido en la vida política del país y es correcto que lo hagan siempre y cuando esta repercuta en beneficios para los pueblos: libertad, paz, desarrollo, creación de riqueza, igualdad de oportunidades, eliminación de pobreza y justicia social.
Ayudar a la gobernabilidad del país en libertad pensando en las grandes mayorías como lo plantea el obispo Barreto es motivo para agradecerlo. Quizá la crítica al obispo por declarar en la forma que lo hizo puede ser aceptado debió ser el presidente quien de la noticia. Todos nos equivocamos incluyendo los sacerdotes simples mortales, pero de allí a los insultos y desautorizaciones de uno y otro sector no tiene lógica racional.



